abril 22, 2011
(una cosa que nunca posteé)
ayer intenté por segunda vez. quisiera decir "armada de valor" pero sería más justo decir "desarmada por completo", sin mucha idea de por qué, me metí en la perfecta cuadrícula del barrio imperial y busqué el sitio donde debería estar la tienda. en el primer piso, un ascensor. en el segundo, un cabaret con fotos de modelos ochenteras. al lado, la misma puerta cerrada que me había recibido un año atrás. y un cartel: "esto NO es una tienda de alquiler de video. quien tenga algún asunto personal es bienvenido a entrar. de lo contrario absténgase de golpear. al ingresar asegúrese de cuidar sus modales y comportarse debidamente". era el sitio y era el lugar y decía que estaba en servicio pero ¿cómo entrar con esa bienvenida? unos minutos frente a la puerta, petrificada, dudando de si debía entrar o no, imaginándome que al otro lado de la puerta estaba, materializado, lo que se oía decir: que el tipo sabrá mucho de películas pero le cuesta un mundo hablar con la gente. pensé en una excusa, luego pensé que de varios lugares ya me han sacado, luego pensé que a lo mejor sonriendo, y entré. será cliché pero era verdad: de entre una literal montaña de videos salió una cabecita. huraño y malencarado, sólo dijo "¿sí?".
"¿usted ha visto ese documental-ficción, en nueva york, con lou reed ...? no es smoke, pero es cercano... no lo encuentro en ninguna parte y no recuerdo el título. y créame que lo he buscado, pero en las videotiendas grandes ni siquiera conocen a jarmusch y... bueno, menos mal no estoy buscando algo de, diga usted, cine finlandés, porque no tendría esperanzas... y no sé si usted, acá, porque veo que tiene de todo, y se oye hablar tanto de este lugar...".
hablé largo, sin parar, con acentito de cuidado e incontenible flashazo de dientes cada dos palabras. el tipo, suave como el pasto nos habló de auster y de la tienda, del vhs y el dvd, de que ya no prestaba películas, y concluyó como si fuera evidente "¡pero si blue in the face se consigue en cualquier lado!".
la visita debió durar menos de cinco minutos.
sobre la disciplina
abril 12, 2011
¿cuándo pasa el temblor?
abril 08, 2011
marzo 07, 2011
oh
febrero 16, 2011
febrero 01, 2011
en yerro
enero me dejó con ampollas en los pies, los labios secos y una cosa roja en la mitad de la barbilla que me sale cuando tengo mucho estrés. debo decirlo: odiodiodiodio este trabajo. y si me contengo y no completo la frase anterior con dos o tres improperios que la harían sonar más cercana al malestar que me produce, es porque todavía me queda un poco de pudor. con todo y todo, eh. odio el tacón y la media velada, el tren a la madrugada y el lenguaje cortés, la desigualdad en el grado de sonrisa, la obviedad de la discriminación, la pequeña e idiota intriga laboral, el espíritulo salaryman, el sueldo risible, el corporative spirit. hay algo muy podrido en esta sociedad. no: hay algo muy podrido en este sistema. no: hay algo muy podrido en este mundo. no. and yet, como soy una idiota absoluta, me sigue gustando la gente.
enero me dejó los dos primeros tomos de millenium, about elly (farhadi), helpless (aoyama), perfect blue (kon) y desayunos con relato de sueños a las 5 de la mañana.
no es fácil preparar revoluciones, y el corazón se me apachurra cuando lo pienso: a un lado de la balanza cuelga el calor de las noches cucharita y al otro la luz al final del mediocre túnel prolético-pelético-peludo.
enero 16, 2011
cabañuelístico
diciembre 30, 2010
dos-cero-uno-cero
En enero volví a casa después de haber ido a casa. Sustenté mi tesis de doctorado. Y la aprobaron. Fracasé en mi proyecto de volverme una investigadora postdoctorante e inicié mi carrera de “buscadora de trabajo”. El divorcio terminó.
En febrero me fui a snowbordear; me caí cien (no, mil) veces de culo y me reí cada vez. También me angustié mucho por el futuro y peleé mucho –pelea inútil, obvio—contra el destino.
En marzo me gradué de doctora. Conocí a Javier y conocí a Olavia (de lo nuevo, bueno y bonito que dejó este año). Y juntos fuimos al mejor karaokazo del que tenga yo memoria. Un poco por ellos empecé con twitter, un intento que prometía fracasar y cumplió con su promesa. Además me mudé a mi nueva casa vieja, y empecé a vivir con los mejores amigos que uno pudiera querer tener. También fui a ver sumo. En marzo se suicidó Y., justo un año después (un año exacto--todavía se me eriza la piel al recordarlo) del intento de suicidio de M. Fue el comienzo de un tiempo muy muy triste.
En abril tuve mucho tiempo libre; me dediqué a hacer aikido, ver películas y limpiar la casa. Vi los cerezos florecer por séptima vez.
En mayo Olavia visitó la comuna. Tocamos (bueh, “tocaron”) la guitarra, cantamos a la vera del río y comimos cantidades indecentes de comida. Di TANTAS clases de idiomas que no puedo recordar cuántos alumnos tuve. Voté, como siempre, por el candidato que no ganó.
En junio tomé mi examen de segundo dan de aikido y me sentí satisfecha con el resultado. Me convencí (ahora sí para siempre) de no poder vivir sin aikido (así me acusen de pertenecer a un culto, hmpf!). Me fui al gran templo de Ise a cumplir 34.
En julio me quedé sufriendo el verano kyotense dentro de esta casa-horno. Cuidé de una gata ajena y tuve que hacer esfuerzos para no robármela del todo.
En agosto no morí de calor (ni maté a nadie) de milagro. Fuimos a la playa y volvimos insolados. Vinieron de visita mi amiga Sustancita y su marido. Paseamos mucho, hablamos mucho, nos abrazamos largo, recargamos baterías y recordamos con exactitud por qué es que nos queremos tanto.
En septiembre nos entristecimos mucho. Mucho. Mucho.
En octubre las nubes se hicieron hilachas. Y nosotros las vimos echados en el prado. En octubre se casó mi exmarido. Además volví a ver (pero ACÁ) a mi antiguo sensei de aikido. En octubre me corté el pelo cortito, cortito. Me veo como un niño pero me encanta.
En noviembre volví a ver a Javier y conocí a Mónica y “es como si nos conociéramos de toda la vida”. Cocinamos muchas cosas y bebimos muchas otras. Prometimos seguir reencontrándonos. En noviembre aniquilé al twitter, me jodí la rodilla, fui a conciertos y obras de teatro memorabilísimas, conseguí el trabajo actual y empecé a buscar maneras de dejarlo. En noviembre mi chico y yo jugamos a las antípodas pero al revés. Y no nos gustó “esse negócio de viver longe de mim”.
En diciembre compré una maravillosa estufa de kerosene. Todavía no entiendo cómo pude haber vivido sin ella. Además fuimos a la maravillosa Kanazawa. Pasé una (inusitadamente) muy feliz navidad. Y empecé un trabajo que, a una semana de su inicio, ya odio.
Este año no leí tanto como hubiera querido pero leí más que el año pasado. Ví muchas películas, escuché mucha nueva música (aunque no compré casi nada), viajé un poquito, como para no perder la práctica. Hice mucho aikido, pero no escribí ningún artículo. Quise mucho y me quisieron mucho. Y se me olvidan muchas cosas, seguro, pero así, en retrospectiva, no parece del todo un mal año.
Bueno, sacúdanse las orejas que se viene el del conejo. ¡Feliz nuevo año!
diciembre 28, 2010
diciembre 13, 2010
lucía
una yilé --perro andaluz--, un alfiler en tebas, la espada de siracusa.
no hay ojos que no ven.
seca
¿es habernos vuelto viejos lo que mató esa emoción? (escribo la palabra "emoción" y justo entonces las ganas irrefrenables de escribir que habían estado ahí, en la punta de los dedos, desaparecen). hay días en que soy un río seco. y como no oigo más mis propios cantos rodados, me enfurezco y tengo ganas de culpar al país, a la economía, al aikido, a la academia, a los enemigos, al invierno. "son ellos", digo acusadora, como esperando que ellos se sonrojen y se vean descubiertos y se entreguen y aparezca en todos los periódicos que los causantes de la sequía en el alma han sido puestos tras rejas y que mi nombre vuelve a ser "borbotón". he de reconocer que la metáfora es lamentable, justo cuando medio país se hunde en agualluvia y un cuarto se hunde en lodo.
una vez: es menester buscar el estremecimiento, la revolución. y dos segundos después: lo natural es la quietud, el sin-sobresalto. ¡que alguien resuelva este dilema, que algo revuelva este sistema! de tanto repetir la forma y las formalidades, de tanto creer que es cierto que lo que importa tanto es tanto saber, he olvidado que el secreto es aguzar la mirada, afilar la palabra.
yo sólo creo (de crear) ahí.
he aquí lo que te digo, in-mundo: no estoy lista para tener el alma-en-pena. el libro (aún por leer) que hiela la médula de emoción, la palabra justa para decir que nada puede decirse, la música que pare (de parir) lágrimas y ganas de bailar están ahí.
diciembre 10, 2010
fe de ratas
diciembre 06, 2010
diciembre, diciembre
no nieva, todavía, porque acá el frío no nace de los cielos sino de los suelos. mi cuarto, que es un cuartito diminuto cuyo piso es una delgadísima laja de madera, se chupa todo el frío húmedo que emana del entresuelo. si el frío se materializara consistentemente, en esta ciudad nevaría de abajo hacia arriba y el piso de mi casa sería un pista de patinaje. me apero: una alfombra eléctrica, una colcha (más) de plumas, una estufa de gas que compraré con mi primer sueldo, camisillas térmicas y medias gruesas. el invierno es duro (pienso) pero no tanto como el verano: al menos no roba la posibilidad de hacer cucharita.
la navidad amenaza con venir, de nuevo. recuerdo la primera en japón: tenía diecisiete y un cigarrillo escondido entre el diccionario. había engordado tantos kilos que mi cuerpo estaba lleno de rayones rojos (que ahora son blancas estelas). había visto de nuevo la nieve (después de muchos, muchos años--tantos que parecía la primera vez). estaba triste y odiaba estar lejos de casa. todo cambia tanto después de diecisiete años: esta nochebuena voy a seguir amando y odiando la navidad. voy a estar lejos de casa. no voy a estar sola.
es diciembre. diciembre, diciembre.
noviembre 30, 2010
noviembre 28, 2010
noviembre 26, 2010
noviembre 25, 2010
40th
On the morning of his suicide, Mishima carried out a second-to-last performatic event that must be taken into account: He took the last chapter of his final novel, The Decay of an Angel, to the publishers. Not only it is unlikely that he finished the novel on the previous day, but also it has been proved that by the summer of that very year a first draft of the novel’s ending was ready. There is, thus, no coincidence in his choosing the day the last chapter of his five-year project would come to and end as the day to carry out the grand finale of his tragedy-bound life.Whether Mishima was purposefully indicating that a key for understanding his suicide was ciphered in his last novel or not, it is difficult to determine. However, during the five years that took Mishima to produce the four volumes on Matsugae Kiyoaki’s life and posterior reincarnations, several elements hinting towards this point can be found.
For instance, when the third volume of the novel, The Temple of Dawn, was published Mishima suddenly referred to this novel in his usually theoretical column “What is a novel?”. In it, and in a very confessional manner, Mishima reflected upon the feeling that finishing this novel would cause him. “There is still one volume left. The last volume. These words, “when this novel is over”, have become my biggest taboo. Since I cannot conceive of the world after this novel has finished I hate to imagine it as much as I am scared to”. To a certain extent, Mishima’s world reaches as far as the last volume of his last novel goes; the end of the novel must then necessarily mean the death of the author.
Now, Mishima’s conception of death was highly influenced by the classics, particularly by the Greek tragedy, therefore, Mishima’s notion of death was none other that the ideal of the tragic hero’s beautiful death.
However, for this beautiful, tragic death to be complete, a spectator was needed, someone who witnessed this spectacle and, much as in the Lacanian case of the child gazing at his reflection on the mirror, acknowledged that this action is valid. In Mishima’s case, however, this character who watches, this Other to whom death is offered, does not exist beforehand and must be constructed from scratch. A skilful and experimented playwright, Mishima wrote the scenario for his political play, trained the actors who were to play the secondary roles, and trained himself for the leading part. As a spectator he chose none other but a concept: that of the Emperor.
In regards to the Emperor as the addressee of his final act, Mishima seems to have carefully crafted a situation from which he could have no escape, and which had already been hinted at by Runaway Horses’s protagonist, Isao, when he refers to loyalty to the Emperor.