En enero volví a casa después de haber ido a casa. Sustenté mi tesis de doctorado. Y la aprobaron. Fracasé en mi proyecto de volverme una investigadora postdoctorante e inicié mi carrera de “buscadora de trabajo”. El divorcio terminó.
En febrero me fui a snowbordear; me caí cien (no, mil) veces de culo y me reí cada vez. También me angustié mucho por el futuro y peleé mucho –pelea inútil, obvio—contra el destino.
En marzo me gradué de doctora. Conocí a Javier y conocí a Olavia (de lo nuevo, bueno y bonito que dejó este año). Y juntos fuimos al mejor karaokazo del que tenga yo memoria. Un poco por ellos empecé con twitter, un intento que prometía fracasar y cumplió con su promesa. Además me mudé a mi nueva casa vieja, y empecé a vivir con los mejores amigos que uno pudiera querer tener. También fui a ver sumo. En marzo se suicidó Y., justo un año después (un año exacto--todavía se me eriza la piel al recordarlo) del intento de suicidio de M. Fue el comienzo de un tiempo muy muy triste.
En abril tuve mucho tiempo libre; me dediqué a hacer aikido, ver películas y limpiar la casa. Vi los cerezos florecer por séptima vez.
En mayo Olavia visitó la comuna. Tocamos (bueh, “tocaron”) la guitarra, cantamos a la vera del río y comimos cantidades indecentes de comida. Di TANTAS clases de idiomas que no puedo recordar cuántos alumnos tuve. Voté, como siempre, por el candidato que no ganó.
En junio tomé mi examen de segundo dan de aikido y me sentí satisfecha con el resultado. Me convencí (ahora sí para siempre) de no poder vivir sin aikido (así me acusen de pertenecer a un culto, hmpf!). Me fui al gran templo de Ise a cumplir 34.
En julio me quedé sufriendo el verano kyotense dentro de esta casa-horno. Cuidé de una gata ajena y tuve que hacer esfuerzos para no robármela del todo.
En agosto no morí de calor (ni maté a nadie) de milagro. Fuimos a la playa y volvimos insolados. Vinieron de visita mi amiga Sustancita y su marido. Paseamos mucho, hablamos mucho, nos abrazamos largo, recargamos baterías y recordamos con exactitud por qué es que nos queremos tanto.
En septiembre nos entristecimos mucho. Mucho. Mucho.
En octubre las nubes se hicieron hilachas. Y nosotros las vimos echados en el prado. En octubre se casó mi exmarido. Además volví a ver (pero ACÁ) a mi antiguo sensei de aikido. En octubre me corté el pelo cortito, cortito. Me veo como un niño pero me encanta.
En noviembre volví a ver a Javier y conocí a Mónica y “es como si nos conociéramos de toda la vida”. Cocinamos muchas cosas y bebimos muchas otras. Prometimos seguir reencontrándonos. En noviembre aniquilé al twitter, me jodí la rodilla, fui a conciertos y obras de teatro memorabilísimas, conseguí el trabajo actual y empecé a buscar maneras de dejarlo. En noviembre mi chico y yo jugamos a las antípodas pero al revés. Y no nos gustó “esse negócio de viver longe de mim”.
En diciembre compré una maravillosa estufa de kerosene. Todavía no entiendo cómo pude haber vivido sin ella. Además fuimos a la maravillosa Kanazawa. Pasé una (inusitadamente) muy feliz navidad. Y empecé un trabajo que, a una semana de su inicio, ya odio.
Este año no leí tanto como hubiera querido pero leí más que el año pasado. Ví muchas películas, escuché mucha nueva música (aunque no compré casi nada), viajé un poquito, como para no perder la práctica. Hice mucho aikido, pero no escribí ningún artículo. Quise mucho y me quisieron mucho. Y se me olvidan muchas cosas, seguro, pero así, en retrospectiva, no parece del todo un mal año.
Bueno, sacúdanse las orejas que se viene el del conejo. ¡Feliz nuevo año!
1 comentario:
Pues eso, se acabó el año... Feliz año nuevo! (y que tengamos Lucía para rato)
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