Por un lado, la sensación de impotencia al enfrentarse con el desasosiego de la decisión. No hay ningún camino que uno pueda emprender sin sufrir la decepción de perder lo que aún no ha conseguido. Por otro lado, la sensación de ubicarse a uno mismo en el centro del universo y creer que todos los planetas giren alrededor suyo. Perder esta posición central en el universo en un sentido ontológico es lo que Freud llamó las grandes heridas narcisísticas de la humanidad. Cuando Galileo afirmó ante su hipotética audiencia que no era el sol el que giraba alrededor de la Tierra, sus oyentes aterrados quizás no consiguieron creer que, en efecto, su ombligo no era el del mundo y lo condenaron a la hoguera... Sólo para conseguir un arrepentimiento que mascullaba “eppur si muove...”. En el complejo de Edipo, el niño que descubre que el objeto del deseo de la madre es un objeto que se encuentra más allá de él mismo (es decir, que él no es el centro del universo materno y que hay algo más allá de él mismo que es deseado a través suyo) es lo que produce la primera descentralización que da origen al sujeto. Este sujeto, que no es más que una armazón vacía que se viste con las pieles de cada uno de los seres humanos que nacemos en el mundo, este sujeto es un sujeto indefectiblemente sufriente. Sufre por la imposibilidad de ser esa ficción, sufre por no estar en el corazón de todas las cosas.
Esto, por supuesto, da origen a movimientos diferentes del poder: ante la ficción de no poder ser la médula del universo, los hombres hemos inventado modos de hacernos a la fuerza a un lugar que imite esta médula. Aplastamos al que no nos adora, entronizamos al que nos adora. El mundo se mueve a partir de los juegos narcisistas a los que damos lugar con nuestro inagotable egoísmo.
El año nuevo oficialmente empieza este fin de semana. Un mes después del rompimiento del nuevo año occidental. Dice O que si durante los días del año nuevo (el inicio de la primavera) uno se baña en aguas de manantial, volverá a ser aquél que fue durante el año previo. Es una manera de rejuvenecer: volviendo a ser el que se fue antes se consigue regresar en el tiempo.
¿Por qué existe la fantasía del regreso a una juventud previa? Por un lado, por supuesto, está el innegable temor a la muerte, que es la única consecuencia cierta del envejecimiento. Los humanos, aterrados ante lo incognoscible de la muerte, nos aferramos a lo único que sí podemos conocer: el pasado, la vida. Sin embargo, ¿por qué la fantasía de permanecer eternamente jóvenes y no, simplemente, eternamente inmortales? Quizás porque de nada serviría una vida eterna si ésta no es una vida eternamente joven.
El deseo (humano) es siempre contranatura. Si lo natural es pasar de la juventud a la vejez y de ésta a la muerte, el deseo estará siempre dispuesto a hacernos buscar lo imposible: la juventud que no muere. ¿No es todo de esta manera en el ser humano? Si la vertiente natural del sexo es funcionar como mecanismo para la procreación, el goce amarrado a la sexualidad no puede ocurrir más que como un movimiento contra la “naturaleza” de éste, desligada de cualquier intento de procreación, desde las vertientes más “puras” del encuentro amoroso que no buscan más que el placer por el placer hasta las más desviadas prácticas de alcoba en las que lo último que entra en juego es la naturaleza (animal) del hombre.
Plantear el problema en términos de cuerpo y alma es, desde ya, un error. La separación del humano en dos entidades, una de las cuales subyuga a la otra, o la comanda, es una falacia platónica. ¿Es posible pensar un humano sin lenguaje? Sin embargo, ¿qué fue primero, el lenguaje o el hombre? El que piensa en estos términos es ya un humano sumergido en el lenguaje. Pensar en una condición del humano sin lenguaje no es más que un juego de palabras. Ahí está lo chueco de este planteamiento.
Esto es todo lo que hoy no quería escribir.
Tengo *tanta* rabia, tan inexplicable...
2 comentarios:
I do not feel your rage.
that is because i am hiding it behind empty words...
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