diciembre 06, 2013

sleepwalkers

uno no sabe nada sobre los hijos. no sabe por qué lloran, no sabe qué les duele. no sabe si tienen calor, si se han cagado, si tienen hambre, si se sienten incómodos. los que dicen que el instinto materno le permite a las mujeres comunicarse con sus crías por medio de una especie de lenguaje secreto y mágico, mienten. tontos los que nos creímos ese cuento. uno va adivinando y, a punta de ensayos y errores, va asignando significados más o menos acertados a cada uno de los gestos de los hijos.
yo sin embargo sigo sin poder entender qué significan las (muchísimas) despertadas a media noche de mi hijito. no sé por qué se despierta a los llantos y me rehuso a concluir que se despierta por consentido, o porque tenga ganas de joder.
abro paréntesis.
desde que nació simón han aumentado mis episodios de sonambúlica huida. durante más de cinco años desaparecieron y yo pensé que ya me había curado para siempre. pero no, están acá de nuevo, con apariciones constantes y altamente perturbadoras. cuando era joven (upa, lo dije) y vivía en un apartamento en el piso once, las caminatas sonámbulas eran un peligro. una noche me despertó el viento frío golpeándome en la cara: estaba con una pierna y medio cuerpo afuera de la ventana. otra noche me despertó el ruido de mis propios golpes contra la puerta del apartamento vecino.
antenoche (según me cuentan) salí corriendo. mimarío me atrapó, me abrazó y comenzó a cantar la canción que le cantamos a simón cuando queremos calmarlo. yo, con un gesto de rabia, rompí el abrazo y me volví a acostar.

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