como era de esperarse, la constancia en la escritura no duró. llevamos una semanita de esas que lo hacen a uno preguntarse a qué horas fue que uno creyó que iba a poder criar y trabajar y hacer aikido, además de cocinar platillos lindos y apetitosos, verse linda y presentable, tener una emocionante vida marital, tener la casa como una tacita de té, leer libros, ver películas, escuchar música, ir de juerga y dormir largas horas.
no.
mi casa es un hueco de ratones (¡cómo quisiera que fuera una metáfora!), lo que cocino a lo sumo es comible, mis clases son un desastre y duermo tres o cuatro horas diarias. no leo, no veo películas ni nuevas ni viejas, hago aikido una vez a la semana (si mucho) y no quiero ni hablar de los diez años que gané en apariencia cuando perdí los diez kilos de peso.
ahora, es cierto, cuando el crío sonríe con sus dientes de vampiro (le están saliendo todos en desorden), o cuando gatea a toda velocidad para llegar hasta donde yo estoy, o cuando me recibe llorando de la emoción al volver del trabajo, o cuando me da esos que yo quiero creer que son besos pero que en realidad son baboseadas sobre el cachete con la boca toda abierta, yo me doblego ante el cliché digo: "hete, felicidad".
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