en el sueño ella estaba desnuda, arrodillada, con el cuerpo recogido sobre las piernas y la cabeza rozando las rodillas. tan flaca como era, el estómago estaba abultado y las primeras manchas púrpura de la descomposición se asomaban debajo del ombligo. "es verdad, está muerta". como si nos hubiera escuchado, empezó a desenrollarse despacio, como se desenrolla el puercoespín cuando ha pasado el peligro, como se abre una flor cuando la película corre más rápido. cuando la cabeza iba a tocar el piso ella levantó su propia mano y la sostuvo. luego extendió los brazos, abrió los ojos y sonrió. "está viva". no sé si siempre fue tan linda o si fue el sueño lo que la embelleció. "todos los muertos son bellos", dijo él, justo un año después de la sangre, del salto, de las pastillas, y yo tuve que salir corriendo de ahí.
después, en el cajón, estaba vestida con el kimono rosado. a sus pies la hakama, en las manos el anillo, un rosario. una mujer joven con el rostro descompuesto le tocaba las mejillas, la cabeza, le hablaba, lloraba. un monje budista citaba al kierkegaard de la desesperanza y sonreía. un gringo grande hacía un brindis por un largo viaje y tres mujeres, una blanca, una negra, una oriental, lloraban sobre sus copas.
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