julio, digo. digo julio y empujo la lengua contra los dientes y trato de entender cómo y por qué acá ele y ere son tan lo mismo. jullllllio. ju-l-io. hace un julio estaba en lisboa, comiendo bacalao y hablando de mishima. un año después, es julio. de nuevo. julio de todo. de festival caliente y sudoroso, con niños armados de manzana dulce y mujeres envueltas en todos los colores de yukata; abanico, cerveza, un par de cuadras más y hay una historia más, oculta, a punto de salir de su caparazón de doce meses. el terrible dios susanoo cruza el río y viene al otro lado de la ciudad a proteger de enfermedades a cambio de veneración; los fieles montan tarimas rodantes, las llenan de orlas, hacen música, bailan y creen, ¡creen!. cuando el mes termina los dioses vuelven a su altar. un hombre de vestido rojo, oculto por un inmenso velo blanco, gime al compás. las luces se apagan. se apagan las voces. una geisha de quizás quince años cierra los ojos y sostiene las manos juntas bajo el mentón. lo más alto y lo más bajo, el trasero desnudo de los cargadores del altar y las tres vueltas de pelo de la maiko, el extranjero de shorts y yo, disimulando mi nariz, todo, ahí.
la gente sale como hormigas de sus huecos. están en todas partes, en el río, en la calle, afuera, afuera. la ciudad se mueve entre cafés, turistas, bolos, canciones y este verano, por dios, este verano está tan vivo que puede ser el último.
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