abril 29, 2009
la esquiva
me lleno de valor la punta de los dedos. pasa un día y después otro y antes de que me dé cuenta ha pasado ya un mes entero. me cuesta escribir. me cuesta escribir acá pero también me cuesta escribir en general. en últimas me dejo convencer demasiado fácilmente por la sensación de que lo que verdaderamente hay que decir se queda siempre por fuera de la escritura. y es así, yo sé, pero eso no niega no necesario del intento. tengo un paper dando vueltas en la pantalla del computador desde hace casi casi un año. no está mal, pienso un día, pero al siguiente lo releo y me doy cuenta de que aunque la articulación teórica no sea del todo desacertada, el textito mismo es completamente prescindible. entonces, ¿para qué coños escribo? escribo, claro, porque es un requerimiento, porque es lo que justifica mi trabajo, esta silla, este escritorio. ¿pero es eso todo? con mishima me pasa todo el tiempo. leo las psicobiografías y decido siempre, siempre, que en lugar de morir de asco tengo que decir algo. por ejemplo, que no es así de simple. "un escritor homosexual (pero reprimido), militarista (e imperialista), envidioso del talento de oe y del nobel de kawabata..." ¡pero por favor, señores, no! a veces cierro ese artículo y abro uno nuevo. sobre la escena y el mundo. pienso en el hanamichi, ese corredor de ingreso al escenario kabuki que es tan un simple corredor como una representación de la distancia. el hanamichi atraviesa la platea y la dirección de las sillas del teatro moderno pierde por completo el sentido cuando un actor camina por ella. pienso en las máscaras de mibu-kyogen que tuve entre mis manos hace una semana, y en las miles de caras que han estado tras de ellas en estos setecientos años. pienso en el play-within-a-play, y en hamlet, de manos sudorosas, preguntándose si su truco será efectivo.
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