o doblar por una calle preciosa, antigua y engreída y ver dos maiko reales, y luego dos más, hablando. hablan como la gente y no como las muñecas. viven en casas y hacen comentarios de niñas.o ver un color imposible y saber que nada puede decirse de él porque no son las palabras las que lo hacen existir. un color que tiene la consistencia de la llamarada, el color del heraclítico devenir.
a veces se ve más, se ve todo. y duele, pero es divino.