agosto 19, 2008
bon
en la noche del dieciseis despedimos a las almas de regreso a su mundo. los diez o quince niños del pueblecito peleaban con encendedores y velas contra el viento furioso. las linternas nunca prendieron y el río se echó a andar en reversa. aparecieron un monje vestido de morado y un hombre que cargaba algo que quizás no fuera una cruz pero que irremediablemente me hizo pensar en la semana santa que nunca pasé en popayán. el camino hasta la playa parecía el camino al cadalso. un poco de gasolina y la llama se levantó enfurecida. las tablillas de muerto, las linternas de papel que no quisieron dejarse arrastrar, el tintineo de la campanilla y el rezo de un sutra desafinado y a destiempo. el mar embravecido que cuatro años antes, cuando yo era otra, me había lamido desde los pies hasta las rodillas. el mar de japón embravecido, como si quisiera engullirse el pueblo entero, apagar el fuego de dos metros que se mecía en su orilla. este fuego no es el mismo que dibuja letras en las montañas de kyoto, es cierto, pero ya no hay vuelta atrás. ese día yo había caminado de nuevo por el pueblo donde el mundo se me convirtió en este caleidoscopio giraquegira. tenía una sombrilla roja y quince años más que entonces. no me reconozco, pensé. ni siquiera cuando me toman fotos. la noche me trajo muertos en los sueños. elisita, muerta hace casi un año, volvía a morir, y yo lloraba lo que no lloré entonces. lo más difícil son los duelos que no se lloran. había divinos cadáveres de mujeres por todo el sueño. vi el perfecto pecho descubierto de una muerta joven y supe que quería recostarme allí hasta que llegara la hora de mi propia muerte. me desperté con la sensación de haber visto otra vez una película de almodóvar, sentada en una silla negra y con un silencio compartido. no sé por qué, si me enfurece, pero me siento a escuchar marlango.
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