mayo 10, 2008

ciega

cierro el libro y me doy cuenta de que me duelen los ojos de tanto leer. me atacan unas inexplicables ganas de llorar a la vez que el miedo de quedarme ciega. qué paradoja; la santa patrona que me nombra puso sus ojos en una bandeja y yo en cambio temo a la oscuridad. salgo a la calle y durante los primeros treinta segundos o así de andar bajo la lluvia me doy cuenta de que no hay nadie en la calle. y también, de que todo se ve más. qué raro. veo como por primera vez. allí hay un gato amarillo con la cola regada por el piso como si la hubiera olvidado. allá, las azaleas medio podridas en sus arbustos; la madera puesta a secar sobre un plástico verde, ahora convertido en una piscina de agualluvia. veo la madera negra y el candado antiguo de una casa cercana, el pino torcido, el tobogán y la caja de arena, un carro que intenta pasar por una de esas calles diminutas y después el chirrido de la lata que roza la piedra. entonces aparece una viejita, encorvada como un tres, que lleva un paraguas más grande de lo necesario. no importa en absoluto, pero me doy cuenta de que tiene las orejas perforadas y lleva aretes largos. debió ser linda de joven. detrás del instituto francés hay un horno para quemar basuras. recuerdo el olor a podredumbre que salía de la novelita y me estremezco.

1 comentario:

ru dijo...

ay Lucía, yo te leo y mi mundo cambia, porque como que me acuerdo de algo que está ahí y que yo me pierdo cuando me dejo hundir y confundir por ciertos "hechos del mundo" pero ahora no entiendo nada y sólo me siento algo triste y cansada y un poco aburrida, pero al mismo tiempo con ganas de seguir y de correr y de sacudirme y estar distinta...

te extrañaba muchísimo