noviembre 24, 2006

el poder de la mente


¿Tenemos, realmente, el poder de decidir? Suele decirse que cada uno tiene el futuro en sus manos; que dependiendo de sus acciones, de sus determinaciones, de los caminos que escoja, se trazará uno u otro futuro. Todo está en el poder de la mente, decía la vecina riéndose de lo absurdo de esta pretensión, y a la vez suponiendo que no aceptar la existencia de la voluntad le causaría una migraña tremenda. ¿Existe el libre albedrío? ¿Es realmente libre el libre albedrío? ¿Existe la autodeterminación de los pueblos? ¿A qué tremendo vacío nos vemos arrojados si no aceptamos la existencia de la propia voluntad, de la conciencia? A veces pienso que todo es un malabar del inconsciente, que somos actuados desde ese más allá, que hagamos lo que hagamos no somos más que títeres cuyos hilos mueve un titiritero perverso que vive dentro de nosotros mismos. Pero quizás todo esto sea sólo una creación de mi triste mente judeocristiana: aceptando la existencia de Dios nos hemos zafado del problema de darle nombre a este tititritero. “Que sea la voluntad de dios”, decimos, y así nos ahorramos el disgusto de tener que decidir, el inconveniente de ser responsables de nuestros propios actos.
Ah, Woody

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