
Vivía en Matsue, en la provincia de Shimane, donde se supone que nacieron los dioses que crearon al mundo. Yo era estudiante de intercambio y había tenido la extraña suerte de caer en una familia en la que se conjugaban todos los elementos de la tristeza. El padre era, además de profesor de Kendo en una escuela primaria, alcohólico; perdía la compostura y los buenos modales después de las diez de la noche. La madre parecía una muñeca envejecida prematuramente que se consumía sin decir ni una palabra, pero un tic en el ojo izquierdo revelaba su angustia contenida. Del hijo nunca supe nada: jamás me dirigió la palabra. A la hija la habían cogido robando vestidos en el centro comercial del pueblito o fugándose a la medianoche para la casa de un novio que debía tener apenas un par de años menos que su papá.
Pero nadie decía nada.
Cuando nos sentábamos a la mesa cada noche, la conversación giraba siempre alrededor de las mismas trivialidades: a qué sabía el café de Colombia, cuántos hermanos tenía, qué nueva palabra había aprendido en el colegio. El climax de nuestras charlas llegó el día que pude comer con palillos por primera vez. Nunca volví a ver tanta euforia en la casa como esa noche.
Supongo que cuando uno se ha ido lo más lejos posible no puede querer irse aún más lejos sin que esto signifique ir de vuelta. Yo me había querido ir y por eso resulté en la casa de esta gente. Cuando empecé a querer irme de ahí entendí que en el fondo lo único que quería era estar de vuelta.
Y así ha seguido siendo desde entonces.
Yo solía evadir las peleas conyugales, los regaños paternos y demás delicias de mi vida familiar japonesa enchufándome a un walkman sony azulito que ya para esa época estaba pasado de moda. Escuchaba varias veces por semana el "Pelusón of Milk", "Moving Pictures" y casi todo Serú Girán. Pero una de mis ambientaciones musicales favoritas era "Tango 4". "Mala señal" en el camino al colegio, "Cucamonga dance" cuando el día parecía haberse compuesto, "Happy and real" cuando llegaban cartas.
Una noche de diciembre, de regreso a la casa, cantaba una de Tango 4 con la felicidad que se siente cuando la letra de una canción se vuelve realidad.
En medio de las lluvias del invierno
no hay tiempo ni lugar
yo sé que entenderás que amor
para quien busca una respuesta
es un poquito más que hacerte bien
Tenía un paraguas cerrado y guardado dentro del maletín, pero haberlo abierto habría significado no mojarme en la lluvia de mi primer invierno. Era una oportunidad de oro. Faliz y cantante empecé a andar el trecho entre la parada del bus y mi casa, con la placidez que produce saber que cuando uno llega habrá una tina llena de agua caliente esperando. Pero no más de cuatro cuadras después, uno de los señores que se había bajado en la misma estación se me acercó y me ofreció un paraguas con un gruñido. "Kasa sashinasai!" Se quedó parado a mi lado hasta que hube abierto el paraguas y se fue refunfuñando, cerrándose la gabardina y maldiciendo pasito.
Siento que después de esa noche algo se rompió. Nunca volví a mojarme en la lluvia, empecé a creer que los paraguas eran útiles e incluso bonitos, y dejé de llevar el registro escrito de los días en que llovía y de la manera en que llovía. Los padres tuvieron que buscar al dueño del paraguas, devolverlo con mil excusas y promesas de que nunca volvería a salir de casa sin el mío propio.
3 comentarios:
Me *encantó* este post. Me encanta esa canción, ese disco, esa banda, y esta anécdota. Precioso.
tango cuatro nos ayuda a vivir. verdad que sí?
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